
¡Unos brazos, por favor!, ¿dónde están los tuyos? Grito, suplico, caigo en un rincón sepultada por el llanto, la derrota me transporta al interior de sueños helados donde estás tú. Lejos, eres esa estrella blanca. Sólo puedo distinguir tu corazón que emerge poderoso como una brasa de luz dorada, pero su calor es tan distante que no alcanza a calentar el mío, granizo rojo ya, donde la sangre se detiene negándose a regar mis venas.
Y yo necesito, ruego, imploro, me humillo, me arrastro… una vida o una muerte, ¡pero, esto no!…Busco navajas para apuñalar mi corazón cristalizado, esperando que empiece a derramar litros de sangre que inunden esa oscuridad glacial, tiñendo de escarlata los muros de mi laberinto.
Rojo de vida o púrpura de muerte, pero no este desteñido impasible…
Que me envenene el amor, que me queme el deseo, que acabe conmigo el delirio de mil pasiones, que el corazón se consuma entre te quieros, que se incinere mi boca de tanto besar, que se cieguen mis ojos de comerlo todo con ellos, que explote mi alma entre el éxtasis… Que me muera por ti… Pero no me dejes en callejones adormecidos donde no siento, donde no existo, donde me desdibujo transformándome en algo que es nada, ánima en pena, estela gris transparente, humo entre el resto de humos que se deslizan como nómadas sin dirección.
Morir DE vida antes que morir EN vida. Entra sin llamar, pisa fuerte, sin miedo, sin modales, arráncame de mi rincón, despiértame, sacúdeme, apriétame, muérdeme, quémame… Sálvame…. Mátame de vida…