
La magia de las pequeñas cosas, cuántas veces tendemos a olvidarla y cuántas veces nos descubrimos siendo felices por ella. Con la inocencia de una mañana otoñal, amaneces en tu tierra, te desperezas disfrutando el dulce sabor de un mensaje que luce en la mesilla y que te recuerda que hay alguien que sueña contigo, te detienes unos instantes a mirar las grietas del techo blanco recordando tantos momentos en esa casa añeja y balanceándote en la incredulidad de la transformación de tu vida. Palpas tu cuerpo debajo de las sábanas, asegurándote de que todo se halla en su sitio y frotas tus ojos para comprobar que ya has salido del sueño. -Sí, estoy aquí-, te dices, -soy yo, la que soñaba hace años con una vida distinta, pero ésta es la que tengo y me gusta, a pesar de no ser la soñada, a pesar de no haber logrado la vida perfecta de aquellas películas que colaban sus engaños del sueño americano por la pequeña pantalla en blanco y negro, a pesar de las pérdidas y fracasos, a pesar de haber transitado por los años sin esos grandes éxitos y eventos con que decoraba mi ilusión de princesita estúpida, a pesar de todo, me gusta lo que hay, lo que vivo, lo que soy. Este es mi hogar, mi cama, mis olores, mis colores, ése fue mi pasado y éste es mi presente, ¿pasó aquello?, sí pasó, ¿es real lo que vivo?, sí lo es, ¿y ese mensaje?, sí también-, y vuelves a leerlo…
Hace frío, mucho frío, un frío que te cala los huesos y es que, en estos caserones de antes, ni siquiera una buena calefacción es eficaz. Te lo piensas dos veces más, mientras escuchas los dibujos en la tele que tu sobrina tiene enchufada desde las ocho de la mañana, aunque sea domingo. Coges impulso y te atreves a dar un salto al suelo helado, te colocas rápido lo primero que pillas para abrigarte un poco y bajas las escaleras. Desayunas (sin diamantes) en la vieja cocina del pueblo rodeada de pucheros entre el aroma del buen café de tu madre y, acompañándote de fondo, su voz y la de la radio al unísono. Este café con leche no sabe igual que el tuyo, ni que el de nadie, porque es el café con leche de tu madre, único, sin igual. Unas galletillas maría y unas magdalenas, no hay nada como mojar esas delicias en el líquido marrón mientras tu madre cacharrea y te cuenta de la vida: que si ¿tú cómo estás?, que si yo lo que quiero es que estés bien y veros felices a todos, que si ojala tu padre y yo tengamos salud y podamos disfrutaros los años que nos queden, que si ojala que tengas suerte esta vez y te vaya mejor en la vida, que si ¡ay, hija mía, qué a gusto estoy hablando contigo!, que si os echo mucho de menos, que si estaba deseando cumplir la edad para jubilarme y poderos disfrutar, que si ¿qué te parece si hago de comer una sopa y unas albóndigas o a lo mejor tu hermana quiere otra cosa?, que si esto, que si lo otro… y tú te vas dejando acariciar por este momento que antes tan sólo veías como pura rutina, pero que desde esta edad ya has aprendido que esto es lo único verdaderamente importante y rezas para dentro para que haya muchas mañanas como ésta, desayunando entre los pucheros y la cháchara de tu madre y, entonces, sin querer, se te escapa una mirada de tristeza hacia su delantal.
Realizas las tareas de costumbre en esa casa, lo primero es lo primero, hay que poner orden y limpieza dejando el rastro del olor amoniacal de pino por todos los rincones, las camitas bien hechas, la ropa ordenada, la estufa al rojo vivo y la leña preparada para la próxima calda. Te aseas, te vistes a lo Lara Croft y decides ir a pasear por tus viejos montes con tu sobrina y un perrillo famélico que le acaban de regalar a tu padre. El pobrecico, por mucho que coma, es todo huesos, -debe tener lombrices- infieres con un aire científico de estar por casa (¡ea, ya ha llegao la lista que to lo sabe!). Coges tu coche adaptado al terreno, subes al perrillo anoréxico y espantadizo encima de tu sobrina y pones la música a todo trapo subiendo por aquellos carriles que cada vez se empinan más y se hacen más estrechos, tanto que si te cruzas con la ranchera de algún ganadero que baja de darle vuelta a las ovejas, casi te tienes que tirar al barranco mientras soportas la mirada de asco que te lanza, adivinando entre sus dientes algo así como “ya está aquí la creída de la capi que p’a un día que viene se cree que to es suyo”. Pero aguantas el tipo, haces una mueca de saludo y tiras para arriba. Llegas al lugar, ¡ay, dios mío, qué gozada, que día, qué luz, qué agua en el arroyuelo, qué sol entre las hojas caídas, anaranjadas, violetas, burdeos..., qué sonidos, qué colores, qué silencio!. El perrico gimotea como diciendo “¿dónde me habéis traído que no me gusta na de na?, ¿qué me vais a hacer?" y tú le miras a sus ojos redondos y le dices -calla perrico, calla, calla y escucha...- Tú señalas los grandes peñones de arriba, las rapaces planeando, el riachuelo, el sembrado de mimbre, los pinos, el camino de piedras, el estrecho… tu sobrina te mira pensando que estás loca y te dice “¿pero qué pasa?” y tú le contestas -nada cariño, sólo la magia de las pequeñas cosas…-