
Es realmente desolador ver cómo tus expectativas no se cumplen, mucho más cuando esas expectativas tratan sobre personas. Y como las mayores expectativas las generamos sobre aquellos a quien más amamos, estamos ante un doble añadido de frustración.
Los sabios budistas hablan de la importancia de vivir sin esperar nada. Si dejamos de crear expectativas, nos liberamos del miedo a perder, a la desilusión, al fracaso y vivimos con una mente tranquila. Pero creo que en esta sociedad occidental, donde las tentaciones se abren ante nuestros ojos constantemente y donde la falacia de la felicidad absoluta basada en el logro nos persigue por las esquinas, aún estamos muy lejos de alcanzar algo así. Por otro lado, dejar de tener expectativas es casi como dejar de soñar, y a mí, al menos, no me enseñaron cómo hacerlo.
Probablemente, sin necesidad de pasar por escuelas de filosofía oriental, la propia vida se va encargando de tu supervivencia emocional y, una de dos, o bien te haces tolerante a la frustración, o bien no te queda otra que ir minimizando tus expectativas.
Hasta ahí llego, pero aún no llego a entender una parte de la otra cara del problema, la parte que corresponde a los que dejan a otros esperando con las manos abiertas y vacías. Lo que más me sigue sorprendiendo es que, entre el elenco de seres que comparten nuestra vida, tendemos a dejar en esta tesitura precisamente a los más cercanos, a los más queridos, a los que más lo merecen todo. Es como si algo nos dejara luz verde en la conciencia hacia ellos y nuestro esfuerzo tiende a decaer porque siempre están ahí, afianzados y seguros. No hay que hacer nada, siempre están, no importa si no les enviamos un mensaje, si nos olvidamos de llamar, si no les decimos que les queremos, si no les ofrecemos nuestra mejor sonrisa, si no les decimos lo importantes que son en nuestra vida, porque siempre, después de todo, siguen ahí. E, injustamente, nos dedicamos a laurear a otros seres menos vitales en nuestra pirámide de relaciones, pero más inseguros, menos afianzados, como si persiguiéramos atraerlos hasta el vértice de la certidumbre completa, para después pasar a relajarnos de nuevo y a atender con nuestras mejores sonrisas a otros menos conquistados.
No estoy libre de pecado, pero también conozco la negra sensación desde el otro lado, el del desencanto. Es como ser amablemente abandonado en medio del desierto por la persona que te llevó de la mano hasta ahí, mientras se marcha a disfrutar de la fiesta con los del oasis de al lado.
Hace tiempo que descubrí que esto es un error, una estupidez y que se llega a pagar caro, por eso abogo por envolver nuestros mejores regalos para esos padres, hermanos, hijos, parejas, amigos verdaderos…que esperan por nosotros y que, aunque constituyen el verdadero núcleo de nuestro corazón y son los más merecedores, a veces resultan ser los más olvidados.
Nadie somos “seguros”, no creo en el amor incondicional, siempre hay una condición por pequeña que sea, no creo en el amor que se sujeta de un hilito de atención, ni en el que se basa en la injusticia, ni el que se sostiene de los restos que nos sobran después de haber regalado nuestros mejores tesoros a otros. Ese amor termina por no serlo.
Los sabios budistas hablan de la importancia de vivir sin esperar nada. Si dejamos de crear expectativas, nos liberamos del miedo a perder, a la desilusión, al fracaso y vivimos con una mente tranquila. Pero creo que en esta sociedad occidental, donde las tentaciones se abren ante nuestros ojos constantemente y donde la falacia de la felicidad absoluta basada en el logro nos persigue por las esquinas, aún estamos muy lejos de alcanzar algo así. Por otro lado, dejar de tener expectativas es casi como dejar de soñar, y a mí, al menos, no me enseñaron cómo hacerlo.
Probablemente, sin necesidad de pasar por escuelas de filosofía oriental, la propia vida se va encargando de tu supervivencia emocional y, una de dos, o bien te haces tolerante a la frustración, o bien no te queda otra que ir minimizando tus expectativas.
Hasta ahí llego, pero aún no llego a entender una parte de la otra cara del problema, la parte que corresponde a los que dejan a otros esperando con las manos abiertas y vacías. Lo que más me sigue sorprendiendo es que, entre el elenco de seres que comparten nuestra vida, tendemos a dejar en esta tesitura precisamente a los más cercanos, a los más queridos, a los que más lo merecen todo. Es como si algo nos dejara luz verde en la conciencia hacia ellos y nuestro esfuerzo tiende a decaer porque siempre están ahí, afianzados y seguros. No hay que hacer nada, siempre están, no importa si no les enviamos un mensaje, si nos olvidamos de llamar, si no les decimos que les queremos, si no les ofrecemos nuestra mejor sonrisa, si no les decimos lo importantes que son en nuestra vida, porque siempre, después de todo, siguen ahí. E, injustamente, nos dedicamos a laurear a otros seres menos vitales en nuestra pirámide de relaciones, pero más inseguros, menos afianzados, como si persiguiéramos atraerlos hasta el vértice de la certidumbre completa, para después pasar a relajarnos de nuevo y a atender con nuestras mejores sonrisas a otros menos conquistados.
No estoy libre de pecado, pero también conozco la negra sensación desde el otro lado, el del desencanto. Es como ser amablemente abandonado en medio del desierto por la persona que te llevó de la mano hasta ahí, mientras se marcha a disfrutar de la fiesta con los del oasis de al lado.
Hace tiempo que descubrí que esto es un error, una estupidez y que se llega a pagar caro, por eso abogo por envolver nuestros mejores regalos para esos padres, hermanos, hijos, parejas, amigos verdaderos…que esperan por nosotros y que, aunque constituyen el verdadero núcleo de nuestro corazón y son los más merecedores, a veces resultan ser los más olvidados.
Nadie somos “seguros”, no creo en el amor incondicional, siempre hay una condición por pequeña que sea, no creo en el amor que se sujeta de un hilito de atención, ni en el que se basa en la injusticia, ni el que se sostiene de los restos que nos sobran después de haber regalado nuestros mejores tesoros a otros. Ese amor termina por no serlo.
...En fin, delirios de sed en medio de un seco desierto…