martes, 27 de mayo de 2008

Desempolvando dolor

Últimamente siento la necesidad de desempolvar dolores pasados, no por un afán masoquista de flagelarme, no, de hecho nunca he soportado la victimización a la que algunas personas se empeñan en someterse trayendo una y otra vez al presente un pasado trágico que ya se fue. No me gustan las personas que se cuelgan de la pena eternamente, esas que no luchan, no porque no tengan recursos, sino porque se niegan a encontrarlos, enganchándose a la sequía de un camino viejo y corroído, desgastado tantas veces que no queda ni una brizna de su sentido original. Personas que terminan pesando sobre otras personas porque vampirizan y no ofrecen, porque culpan y no aceptan, porque se aferran y no buscan, porque involucionan y no evolucionan.
No, nunca quise convertirme en una de esas personas. Y conozco perfectamente la tentación de caer en adicciones al dolor, pero luché contra ella y ya no permito la vuelta atrás.
Es imposible explicar el infierno de un sufrimiento tan inhumano como el que la vida me puso delante, es algo que sólo se siente, se padece, se vive, se soporta, se afronta y se acepta. En ese viaje se fueron generando jerarquías de dolor, presididas por el más letal y, entorno a él, otros fueron situándose en distintas gradaciones de soportabilidad. Unos surgidos como brechas del pasado latentes que fueron paridas de golpe tras el zarpazo protagonista y, otros, que se abrieron paso en sincronía con mis pequeños intentos por arañar nuevos atajos para salir del pozo.
Aprendí infinitas cosas observando dentro de mí. Una de ellas es a no mirar nunca a tus espaldas, aunque supongo que hay ocasiones en que la vida te exige echar unos pasitos atrás para tomar impulso y es entonces cuando te preparas para hacerte con la valentía suficiente para abrir el baúl de los recuerdos con la atención y consciencia que necesitas para asegurarte de que ya no duelen. Y, sólo después, puede llegar la paz y el equilibrio que te permiten crecer, porque los mejores frutos de la vida sólo se recogen tras un tiempo obligado de reposo y maduración.
Hoy me veo haciendo balance de dolores pasados, como si algo me estuviese anunciando una metamorfosis venidera que me ruega que sacuda mis equipajes antiguos para abrirme a una nueva vida, como si fuera a irme para siempre o a quedarme para siempre, como si se avecinaran grandes cambios y grandes partidas. Como si todas las intuiciones que construí estuviesen ahora empujando desde fuera hacia dentro y desde dentro hacia fuera.
Me invade la necesidad (y al mismo tiempo el deber) de poner en orden mi vida bajo un criterio lógico y cronológico, desde el pasado hacia el presente y desde éste hacia el mañana… Empiezo por los dolores más periféricos de la jerarquía, repaso lo que sentí y lo que escribí sobre ellos. Los ofrezco al cielo, les agradezco sus enseñanzas, los beso y me despido de ellos. Luego se desprenden de mi lado, deshaciéndose en vapor de nubes, sin adherencias, sin resistencias, sin dolor…, simplemente dejan de ser.
Poco a poco, me preparo para abrir urnas más enterradas y difíciles. Espero poder levantar las cáscaras de mis frutas maduras. El mañana está por venir…

lunes, 26 de mayo de 2008

Bolitas de mercurio

Bajo el plomo de la mañana invernal, mi mente era incapaz de concentrarse en el gráfico que tenía enfrente en aquella fastidiosa pantalla de ordenador. Sin poder prevenirla, la ensoñación se apoderó de mí y suspendió mis ojos en la mancha cenicienta que pintaba el cielo detrás del cristal. Allí, para alimentar mi ensimismamiento, la fantasía quiso proyectar el rostro ininteligible del hombre que me estaba hundiendo en el lodo, mucho más aún de lo que ya estaba.
Me dispuse a configurar una imagen global que resumiera en un todo lo que él significaba. Era como querer abstraer en un solo concepto los cuatro elementos: tierra, fuego, aire y agua. Entonces, me recordé a mí misma de niña, intentando capturar aquellas bolitas de mercurio con mis pequeños dedos para volverlas a meter en el interior del termómetro que acababa de estallar cuando investigaba hasta dónde podía subir la raya gris si lo introducía dentro de una taza de agua hirviendo. Por supuesto, me resultó imposible atrapar y unir todas las lágrimas grises, tan imposible como ahora me resultaba conformar una idea integrada y clara de la persona que me había vuelto completamente del revés.
Venían a mi memoria miles de detalles, cualidades, rasgos, escenas, vivencias y, sobre todo, palabras, muchas palabras. Pero hice el sobreesfuerzo de recordar sólo las sensaciones que me envolvían ante su presencia; eran muchas, físicas, químicas, psíquicas, más o menos buenas, más o menos malas, más o menos intensas, más o menos dolorosas... Sin embargó, apreté la intención para limpiar mi memoria de todos los demonios que ensombrecían su imagen. De repente, un recuerdo fue haciéndose dueño del resto y me detuve en él para saborearlo lentamente, así fue cómo volví a sentir su olor a hierbabuena, su aliento de brisa, sus manos de fuego, sus piernas de roble, su sonrisa de primavera, sus ojos de otoño, el nido de su pecho... Ese hombre me transportaba de nuevo a mis raíces, porque abrazarlo era como llenarme los brazos de naturaleza.

Como prefacio del fin, antes de partir definitivamente, un deseo se apoderó de mí: quería fundirme con aquella naturaleza, al menos por un instante, y convertirme en la savia que la nutriera para engendrar una nueva raíz que anclase la huella de mi paso por ella.

Volví a buscar más sensaciones huyendo, una vez más, de las palabras...

lunes, 19 de mayo de 2008

Otros días vendrán

-Todavía no entiendo porqué este empeño mío en poner una conclusión a todo- se decía a sí misma, mientras se disponía a escribir algo para cerrar aquella etapa de su vida. -¿Porqué siempre querré dejar todo perfectamente sellado? Tiene que existir algo que no admita ningún tipo de colofón, sólo puntos suspensivos. Seguro que hay cosas que no requieren un portazo de adiós, ni palabras finales, ni despedidas…- Seguía dando vueltas en su cabecita.
Tal vez aquel debate introspectivo era la forma de convencerse de que realmente había dado aquel paso y que no había vuelta atrás. Al fin y al cabo, ¿cómo admitir que aquel calor que días antes la abrasaba, se había vuelto hielo punzante por arte de magia? Era tan difícil volver la espalda al dolor y admitir fríamente esa realidad. Imposible para alguien que vivía la vida desde las emociones... Cómo no romperse en añicos si lo sentía lejano, cómo no llorar, cómo no gritar con rabia cuando pensaba en tantos momentos, cómo no llorar, cómo no querer huir entre tanto
desconsuelo, cómo no llorar, cómo no dolerle el corazón ante tanta desilusión, cómo no llorar...
Lo intentaba, quería sentir como él quería que sintiera, pero no era capaz. Quedaba mucho proceso todavía para cerrar lo ojos, esbozar sonrisas y agradecer todo lo vivido. Sonaba bonito, incluso romántico, pero era imposible para ella, al menos en ese momento en que su corazón no entendía nada y andaba preñado de dudas. Ahora sólo necesitaba vivir aquel adiós de la única manera que ella sabía, desde la emoción. -Ya vendrán días de palabras racionales, cuando la memoria suavice y de bálsamo al recuerdo para hacerlo soportable y aleccionador-, se explicaba para justificar la ira que comenzaba a crecer en su interior y que pedía paso imperativamente. Se perdonó por sentir aquello y relajó el nudo de su garganta para dejar que dos lagrimones regaran el teclado.

jueves, 15 de mayo de 2008

Mi mundo libre

Toma mi mano y déjame llevarte a mi mundo libre. Quiero enseñarte el monte de los deseos donde deshojaríamos todas nuestras margaritas del SI. Nos recostaríamos debajo de mi olmo, frente a frente, encendiéndonos los ojos, mientras nos murmuráramos en los labios todas esas palabras que tanto tiempo escondimos en cajones secretos. Luego, al atardecer, enmudeceríamos en un abrazo infinito, dejándonos mecer por la melodía de nuestra respiración para olvidar el universo y abandonarnos a soñar un mismo sueño.
En mi mundo libre, gozaríamos del aire, del sol, de la lluvia, del rocío de la mañana, de los lienzos que pintan las nubes en el cielo, del olor del verde, del terciopelo de los valles en abril, de la música de nuestro jardín…. Inseparables en uno, sintiendo la vida al unísono, nos diríamos todo con ojos y caricias.
En ese mundo no habría suspicacias, ni peros, ni recelos, porque no habría nada que temer, nada por lo que dudar. Te regalaría colmado mi yo sabio, aprendido, florecido, sin rincones, ni artificios, sin mentiras, ni evasivas…. El tuyo sería mío. Nuestras ilusiones crecerían como las del primer amor, vírgenes y diáfanas, brotando a borbotones desbocadas de sus riendas, sin bordes que rebasar, pues no existirían límites. Con una fe hercúlea en la inmortalidad del “para siempre”, desterrando toda posibilidad para lo efímero y borrando cualquier grieta de escepticismo que fuese hija de desilusiones pasadas. No habría pasado, ni futuro, sólo aquí y ahora, sólo quimeras posibles y pasiones reinventadas cada día.
Seríamos lo que quisiéramos ser, sin clichés, ni axiomas que nos definan: personajes grotescos y almidonados, ardientes y apasionados, bohemios y lánguidos, vehementes y temerarios, racionales y exactos, emocionales e idealistas… Porque allí, en mi mundo libre, volvemos a nacer, inexplorados, inocentes y soñadores, pero después del aprendizaje de haber vivido, después de haber pronunciado tantas veces “nunca más haré”, después del “si yo hubiera…” para pasar al “yo hago y yo soy”…
El despertador del portazo matinal de la casa contigua abre mis ojos que se tropiezan con el techo de la habitación, el que otra mañana me muestra los límites de mi existencia. Ahí precisamente acaba el alcance de mi vuelo. Mis pies buscan un apoyo fuera de la cama, encontrando el suelo que me ancla, amarrándome a la tierra.
Lo siento Amor, creo que hoy no podré llevarte, mi mundo libre aún no me deja entrar. Iré a buscarte mañana…

miércoles, 7 de mayo de 2008

En lo profundo

Quiso sumergirse en él penetrando sus aguas prohibidas. Trató de excavar nuevas sendas para bucear entre sus mares de amor, pretendiendo adentrarse en un profundo océano de sentimientos. Y fue consciente: tal vez sólo era un mar inventado por ella, porque allá abajo no pudo encontrarle. Estaba sola, en medio de la negrura, el frío y el vacío. No había color, ni arrecifes, ni brisas, ni olas, ni rayos de sol..., sólo ella y sus anhelos.
Enmudecida y sosegada por la quietud y la sombra, imaginó que él habitaba playas cálidas y soleadas y lo vislumbró en su reino mecido por la brisa. Seguía allí, invariable, dónde lo conoció.
Se había equivocado buscándole entre corales y fondos secretos. Él era así, hijo de la brisa fresca, de la superficie clara y de la luz del cielo. Ella, en cambio, pertenecía a reinos de amor diferentes, otros más ocultos, más lejanos, más subterráneos… En aquel lugar habitaba su corazón aletargado, suspendido entre los brazos de la marea abisal, como un tesoro por descubrir en el interior de un pecio a la deriva.
Pero los ojos distraídos de su enamorado seguían mirando al horizonte, a la isla cercana, al pequeño paraíso dónde ella reposó un tiempo y dónde la halló por vez primera. Sus ojos no comprendían que, para descubrirla verdaderamente, debían mirar bajo sus pies. Allí profundo, ella le esperaba, todavía le esperaba.

lunes, 21 de abril de 2008

Motivos para morir

En medio de las embestidas de olas gigantes, del colérico viento y del opaco velo de la neblina, era difícil distinguir con nitidez el contenido del paisaje. No obstante, con un pequeño esfuerzo de enfoque, podías intuir la silueta de un joven adolescente presidiendo la cresta del acantilado. Desde allí, en el núcleo de la imponente tormenta, se medía las fuerzas con la naturaleza Álvaro, un muchacho de unos quince años que observaba el horizonte dejándose azotar por la furia de los elementos, mientras hacía equilibrismos para mantenerse de pie.
No había llegado a ese lugar de forma aleatoria, sabía perfectamente porqué estaba allí, pero, antes de consumar su plan, necesitaba unos minutos para reafirmar las causas que le habían conducido al punto en el que se hallaba. ¡Todo era tan evidente para él!, no había dudas: la vida era su peor prisión, no la quería, le estaba atando a una agonía lenta e insufrible de la que necesitaba escapar urgentemente.
Nunca tuvo los hados de su parte, no había sido lo que se dice un chico afortunado, pero los acontecimientos del último año habían convertido su existencia en una verdadera tragedia. En el instituto, los cuatro chicos de la fila de atrás se la juraron desde el primer día de clase y durante todo el curso no habían cesado de perseguirle, amenazarle, ridiculizarle, insultarle, humillarle, empujarle, robarle y hasta propinarle alguna que otra paliza en algún rincón del patio o en la puerta del instituto. Cada día era un auténtico suplicio, nunca quería despertar, odiaba la alarma del reloj que le recordaba que había llegado su hora de comenzar el camino hacia el paredón. Había desarrollado una fobia terrible hacia todos los elementos asociados a la vida escolar: el olor de los libros, la mochila, los lápices y bolígrafos, el sonido del megáfono, el timbre de salida y entrada, los portones del instituto, el pasillo que le conducía a su aula, la letra C sobre de la puerta de su clase, su pupitre lleno de frases ofensivas, grabadas con punzones por aquellos matones para que no se le olvidase cuál era el lugar de cada uno en aquel territorio.
Cada día temblaba, sin poderse dominar, cuando se aproximaba el momento de llegar allí, anticipando la amargura que seguro le tocaría vivir en el nuevo día y, desafortunadamente, nunca se equivocaba. Pero la última agresión fue demasiado lejos, dos meses antes lo amordazaron en el patio, lo desnudaron y, mientras lo sujetaban entre todos, el líder del grupo lo sodomizó con un trozo de madera cilíndrica. Mientras tanto, algunos valientes observadores grababan el espectáculo con el móvil, otros se mofaban abiertamente, otros se mantenían a cierta distancia con el gesto espantado, pero todos permanecieron al margen, sin intervenir. Después…, el dolor, las heridas producidas por las astillas que se abrían en la madera clavándose y desgarrando su carne al entrar y salir, la vergüenza, la humillación, el asco, la indefensión, el llanto, …el dolor, el dolor…
Borraría de la memoria todo lo sucedido, -no ha pasado, sólo es un mal sueño-, se decía a sí mismo en un acto de negación. Se curó él mismo las heridas con el botiquín de su casa, a escondidas, ocultando la sangre que brotaba de sus pantalones. Se limpió las lágrimas y se puso hielo en los ojos para bajar la hinchazón, se metió en la ducha durante más de dos horas frotando compulsivamente su cuerpo con un guante de crin hasta levantarse la piel, en un intento desesperado por desinfectar su cuerpo de aquellas manos sucias y viscosas que lo manosearon tan asquerosamente. Si bien, no pudo lograr la purificación que deseaba, la de su alma.
Álvaro enmudeció, llegando a un absoluto ostracismo en el que se negó a hablar con nadie, ni en casa ni en el colegio. Intentaba silenciar para olvidar o, tal vez, olvidar para silenciar. Pensaba que, quizá, si no pronunciaba nada al respecto, si permanecía inmóvil, si no respiraba muy fuerte, si caminaba despacito y si no hacía notar su presencia, conseguiría hacerse invisible o que, con un poco de suerte, la tierra lo absorbiera hasta hacerlo desaparecer. Pero, desgraciadamente, su silencio también fue violado y, unos días más tarde, para colmo de males, a alguien se le ocurrió la monstruosa idea de colgar en internet aquel capítulo dantesco. Después de aquello, la marea se volvió incontenible, todo se le fue de las manos y el escándalo detonó, llevándose por medio lo poquito que le quedaba de dignidad.
La mañana que llegó al colegio abriéndose paso entre miradas, dedos acusadores y risotadas, supo que algo aún más trágico se avecinaba. Cuando entró en clase con la cabeza escondida bajo la capucha y mirando al suelo, una voz desafinada lo dijo todo: -¡Enhorabuena, macho, has triunfado en los medios, eres más famoso que el Bisbal, sobre todo por detrás!-. Acto seguido, un coro de carcajadas acompañó el comentario del pregonero. Una nube empañó su visión, no podía respirar, sintió frío y nauseas, creyó que moría y se alegró por ello, dejándose caer a plomo sobre el suelo.
Cuando despertó, sólo oía el sonido de una sirena y unos comentarios sobre cuarenta de fiebre y sobre una posible infección, provenientes de tres hombres con bata blanca que lo observaban concienzudamente. Pasó días en el hospital recuperándose de las secuelas de sus heridas infectadas; era peor de lo que había pensado, tenía perforado el esfínter y el colon y hubo que operar para reconstruir. Pero lo peor no era eso, sino que se pusieran todas las cartas boca arriba, ahora todo el mundo sabía lo que había pasado: su familia, los chicos y profesores del instituto, todo el barrio, toda la ciudad, todo el país… ¿Dónde iba a esconderse ahora? Estaba castigado a vivir toda su vida con una mancha como esa y sabía que no podría soportarlo.
Sus padres obligaron a retirar el video de la red y denunciaron a los responsables directos del incidente, también al propio centro. Todo se resolvió de forma rápida, con una indemnización a la familia, una expulsión temporal de los chicos del colegio, el cumplimiento de trabajos para la comunidad y unas cuantas medidas cautelares. Sin embargo, nadie le devolvió la alegría de vivir a Álvaro, ni su dignidad, ni su propia estima. El miedo tampoco se había ido, con motivos bien fundados, ya que el acoso no cedió, al contrario, ahora se había extendido más allá de las fronteras del instituto, lo esperaban en las esquinas de las calles para hacerle pagar, según ellos, la osadía que había tenido.
Y allí estaba ahora, con los ojos ensangrentados encima del acantilado, sin fuerza para seguir soportando el peso de una vida tan áspera sobre sus hombros de quince años. Su padre, que lo había visto venir, le había dado alguna charla sobre lo importante de luchar en la vida y por la vida, que es lo más bonito que tenemos, a pesar de todo el sufrimiento. Le había dicho que hay que ser fuertes y valientes, que no hay que hacer tonterías, que los que se quitan la vida son unos cobardes y que el que va, nunca vuelve. Pero a él no le hacían efecto ese tipo de temores que su padre intentaba inyectarle, porque ya no le cabía más miedo en el cuerpo, porque no podía haber nada más infernal que su propia realidad y él estaba seguro de que no quería continuar con ella. Llegado a este punto, ya no había retorno, nada le aliviaba más el dolor inhumano que sentía, que la idea de estar allí mismo, inspirando el salto hacia la libertad.
No quiso seguir pensando, ya estaba todo reflexionado, no quería darle más oportunidades a la vida, hasta allí su punto y final. Extendió los brazos debajo de la cortina de lluvia, tomó una bocanada de aire con sabor a sal y, por fin, se sintió purificado. Otorgó una última mirada a aquel paisaje, percibiendo una hermosura insospechada para él hasta ahora y, despidiéndose de sí mismo, impulsó su frágil cuerpo hacia una caída de veinte metros durante la que sólo ocupó su mente el eco de las palabras de su padre: “el que va, nunca vuelve…, el que va, nunca vuelve…, el que va, nunca vuelve…” Luego, la oscuridad.
Un hombre de unos cuarenta años permanece con los ojos clavados en la pantalla de su ordenador. Está ausente, observando fijamente la foto de un acantilado que alguien le ha enviado en una de esas bonitas presentaciones de paisajes. Sólo una cariñosa mano sobre su espalda consigue arrancarlo de su enajenación, recuperándolo a la realidad: -Venga, déjalo ya, que es viernes y vamos todos a tomar algo para celebrarlo-, le dice su dulce compañera de despacho. -Vale, cierro y voy enseguida-, responde él, recuperando el contacto con el presente. El hombre cierra la ventana del acantilado y aprieta el botón de apagar-aceptar, despidiéndose hasta el lunes de su ordenador. Coloca su mesa, recoge su abrigo y su cartera, deteniéndose unos instantes para contemplar la imagen que está encima de su escritorio, en ella él y una joven mujer sostienen a un hermoso bebé entre los brazos. Ése es el icono de su paraíso.
Desde la puerta se oyen voces insistentes: -¡Vamos Álvaro, que se calienta la cerveza!-. Una última mirada a la fotografía, una respiración profunda y una sonrisa, antes de girar su silla, impulsando las ruedas de la misma con sus brazos, mientras se aleja sentado sobre ella y susurrando como cada día: -Gracias vida por dejarme volver, gracias por dejarme ser feliz…-

viernes, 18 de abril de 2008

Frustraciones



La frustración, desde que venimos a este mundo estamos condenados a sufrirla y a aceptarla. Ayer, viendo a mi sobrina de siete años llorar desconsoladamente porque un niño de su colegio no la había invitado a su fiesta de cumpleaños, se despertó en mí nuevamente la reflexión acerca de este sentimiento.
Llegaba de la escuela con la carita desencajada y sus inmensos ojos azules mustios y tristones, me vio y no se dispuso a correr hacia mí como de costumbre, lanzando su radiante sonrisa y extendiendo sus bracitos para que la cogiese al vuelo, simplemente se dirigió hacia otra habitación de la casa con la cabeza inclinada. Inmediatamente, mi hermana y yo nos acercamos a ella y le preguntamos: -pero, ¿qué te pasa Lauri?-, ella sólo decía: -nada, nada, que no me pasa nada- , nosotras le insistíamos: -venga, cuéntanos, que te conocemos, y sabemos que te ha pasado algo-. Después de varias insistencias, ella, sin poder contenerse, comenzó a sollozar gimiendo frases enmarañadas entre las que pudimos adivinar que se trataba de una evidente frustración.
Cuando le secamos los lagrimones que emanaban de sus grandes y expresivos ojos, conseguimos que contase tranquilamente el episodio. Efectivamente, un niño de su clase celebraría su cumpleaños en unos días, ella sí le había invitado previamente al suyo, pero aquella tarde el niño entregó sus invitaciones a otros excluyéndola por completo, mientras ella observaba la escena con la ilusión apuñalada.
Lógicamente, se me rompió el corazón de ver a ese ángel, pura inocencia, sensibilidad y cariño, destrozada por un hecho tan cruel. No intenté atribuir causas a la conducta del niño, no lo juzgué, simplemente pensé en lo injusto de que un ser tan limpio como Laura sufriera por el perverso incidente, perverso en sí mismo, no por la desconocida intención de su causante.
Estamos acostumbrados a oír sobre los beneficios que ejerce en nosotros padecer desengaños, decepciones, desilusiones y demás fracasos porque, teóricamente, “cuantos más golpes te da la vida, más fuerte te haces”. Pero me pregunto cuál es la enseñanza de un dolor como el que sufrió Laura; ¿cuál es el lado positivo del daño provocado por otros?, ¿hacernos fuertes?, pero ¿fuertes ante qué?, ¿para qué?, ¿qué se aprende del daño emocional que nos infligimos entre los seres humanos?
Desde pequeñitos, ya siendo bebés, sentimos frustrados muchos deseos, el deseo de seguir lactando más del pecho de nuestra madre, el deseo de que nos tomen en brazos, el deseo de que nos calmen el dolor de los cólicos, el deseo de que nos hablen y nos sonrían… Cuando vamos creciendo, los deseos se transforman, pero no así el número de frustraciones, que más bien va en aumento. Admito que es positivo desarrollar cierta tolerancia a la frustración provocada por el malogro de objetivos materiales o de metas más o menos ambiciosas (no puedo conseguir ese viaje y no pasa nada, no puedo poseer esos zapatos y no me muero, no puedo subir de categoría profesional y lo acepto, no puedo tener la casa de mis sueños y lo asumo, etc.). Pero lo que me parece innecesario y poco edificante es el aprendizaje extraído de la frustración fruto de las heridas producidas por nuestros congéneres, me refiero a ese daño que nos deja en el corazón el rechazo de otros, su desprecio, su olvido, su burla, su ofensa o simplemente su indiferencia.
Sinceramente, creo que el adiestramiento en esta clase de frustraciones es poco positivo y su producto, menos aún. Cuando pienso en ello, sólo puedo acordarme de la hostilidad, la desconfianza y la amargura que han sembrado en mí a lo largo de mi vida algunas personas que se habían asignado como cometido enseñarme la máxima de “lo afortunado de los golpes que te da la vida”, más allá de cualquier solicitud por mi parte de tales lecciones. Y rezo para adentro para que mis tres lindas sobrinas, aún sin contaminar, ingenuas, inocentes y amorosas, no tengan que sufrir ni aceptar frustraciones infértiles y destructivas, y para que vivan dentro de la realidad, pero luchando por mejorarla, incluso por moldearla a su antojo, porque podrán hacerlo, construyendo una realidad hermosa, la suya, que no por ello irreal.
Lo dado, lo esperado y lo aceptado, no siempre es lo bueno, ni lo verdadero, ni lo justo, ni lo que nos sirve para vivir nuestra propia vida.